Washington— A veces una fotografía espontánea captura un momento de una presidencia, y la esencia de quien ocupa el cargo, con tanta elocuencia que ofrece un retrato penetrante de toda una época.

Ocurrió cuando LBJ levantó a su beagle por las orejas ante los fotógrafos y demostró su estilo de liderazgo dominante.

Ocurrió cuando un fotógrafo captó a W. mientras le informaban, durante una lectura con niños en un salón de clases de Florida, que un segundo avión había impactado el World Trade Center. Su expresión de asombro hizo preguntarse si, tras décadas de improvisar, una cita azarosa con el destino no le quedaría demasiado grande.

Ocurrió en 2009, cuando todos los presidentes vivos se reunieron en el Despacho Oval y Jimmy Carter mantuvo tan notoriamente la distancia de Barack Obama, Bill Clinton y los dos Bush que su sentido de superioridad quedó claro.

Ocurrió cuando Obama fue fotografiado inclinándose en el Despacho Oval para que un niño afro le tocara el cabello, para comprobar si tenía la misma textura que el suyo, y la imagen captó el carácter histórico de su elección.

Ocurrió de nuevo cuando Doug Mills, el deslumbrante fotógrafo de The New York Times en la Casa Blanca, tomó el martes una imagen del presidente Donald Trump en el Marine One con sus asistentes y acólitas rubias: Katie Zacharia, su tambaleante nueva secretaria de prensa, y Natalie Harp, su asistente especial para el esponjado.

Mills tomó la foto desde lejos, con un teleobjetivo, pero rebosa intimidad.

El presidente se inclina para hablar con las dos imitaciones de Ivanka, que parecen clones de hermandad universitaria, con cuatro ojos fijos en el hombre al que adoran y dos sonrisas fervorosas barnizadas de brillo labial rosa.

Es una instantánea del hambre de adulación de Trump, la que nos ha arrastrado a este tenso momento en Estados Unidos.

Anhela desesperadamente ser el centro de atención y ver reflejada de vuelta una devoción ciega, mientras esa devoción se desvanece entre un público cada vez más asqueado y agotado.

Trump estaba de viaje, parte de una odisea de autoafirmación por estados republicanos que parecía diseñada no solo para impulsar a su poco apetecible lista de candidatos, sino también para que se regodeara en los aplausos de los últimos miembros fanáticos de su menguante base de seguidores.

En la foto de Mills, unos marines están firmes junto a las puertas curvas y abiertas del helicóptero, lo que da la impresión de que estamos asomándonos al interior de una burbuja, justo en el momento en que la burbuja de la Casa Blanca de Trump se vuelve más pequeña, más endogámica y más conflictiva que nunca. Ahí está, en un cómodo corrillo con el tipo de colaboradoras que más necesita: acólitas obedientes que ayudan a construir y perpetuar su absurda realidad alternativa y su visión paranoica del mundo.

Zacharia, la inepta propagandista, y Harp, la llamada Impresora Humana, que lo sigue —y a veces corre— detrás del presidente con una impresora portátil, entregándole copias en papel de coberturas complacientes, y ofreciéndole validación para sus delirios y mentiras.

Zacharia volvió a publicar la foto de Mills con el pie “¡¡¡El mejor presidente en la historia de Estados Unidos!!!”. Pero lo que en realidad correspondía era la clásica frase de Henry Kissinger: “El poder es el afrodisíaco supremo”.

Los graciosos de X tenían sus propios pies de foto e imaginaban a Harp con pensamientos homicidas hacia Zacharia.

Pero, en realidad, las dos mujeres, despreciadas por colegas ansiosos por hablar mal de ellas bajo anonimato, estaban refugiadas en el borde del patio de recreo, aferradas la una a la otra y a su profeta anaranjado, quien les dijo que aguantaran.

Pero no duró, y para el viernes ya estaba sacando a Zacharia con suavidad. “Honestamente, yo que tú lo reconsideraría”, le dijo Trump, según relató él mismo después a los reporteros. Poco después, la despidieron.

Intentaron contraatacar a sus críticos internos. Harp le mostró a Trump la nota de Playbook, de Politico, publicada el jueves, que informaba de que el presidente está buscando un nuevo jefe de gabinete. También nombraba a los asesores que se han enriquecido. El derecho a enriquecerse, a los ojos de Trump, es solo para él y su familia.

“Trump se ha irritado por informes recientes que muestran que varios asesores de larga data están lucrando con negocios de consultoría extranjera”, decía Playbook, y señalaba que Katie, la hija de Susie Wiles, trabaja para una firma que representa a la República Srpska, un territorio serbobosnio prorruso.

El titular de The Daily Beast sobre el reportaje acerca de Wiles proclamaba: “Natalie Harp apuñala a la Doncella de Hielo y desata un ‘ataque de furia’ en Trump”.

De forma reveladora y quizá profética, Susie Wiles aparece en la foto de Mills, pero casi fuera de cuadro. Se le ven las piernas, con pantalones rojos, y el bolso de Louis Vuitton sobre el regazo.

No podemos ver la expresión del rostro de Wiles, pero sabemos que no es admiradora de las dos jóvenes embelesadas de la imagen.

Alarmada por la fijación de Harp con el presidente y por las cartas emocionalmente desbordadas que le escribió en 2023, Wiles intentó —en vano— limitar su acceso. La decisión de Trump de nombrar a Zacharia en un puesto crítico, donde estaba condenada a fracasar y probablemente a terminar en un sketch inicial de “SNL”, tomó por sorpresa a Wiles, según informaron medios.

Incluso Trump pareció desconcertado en la rueda de prensa improvisada que siguió al desastroso debut de Zacharia ante los medios, cuando Shawn McCreesh, del Times, antes de que el presidente y sus asistentes partieran hacia Alaska, le preguntó a Zacharia dónde había aprobado el examen de abogacía.

“Cuando me mudé a China”, respondió ella, mientras Trump —quien la había descrito como abogada al anunciar su nombramiento— giraba bruscamente la cabeza. Luego se supo que no había aprobado el examen en ninguna parte.

Pero cuando llegaron a Alaska, ocho horas después, ya estaba sonriéndole radiante a su jefe y haciendo control de daños.

(A un conspiracionista ultraderechista de Pizzagate le dijo en una entrevista que quería que en “SNL” la interpretara “un personaje al estilo de Scarlett Johansson”).

Zacharia intentó defenderse en “Hannity”, sin duda suponiendo que estaría en territorio amigo.

Pero no lo estaba. Sean Hannity le preguntó por qué había publicado 15 mensajes en medios identificándose como abogada. Ella protestó débilmente que eran “retuits de un título que se le había dado” (se cometieron errores).

Hannity insistió: “¿Por qué no dijo simplemente ‘nunca ejercí la abogacía’?”, y le preguntó sobre su primera rueda de prensa: “¿Por qué solo tres preguntas en 14 minutos?”.

Zacharia lucía desconcertada, como si sus adversarios en la Casa Blanca le hubieran tendido una emboscada.

Mientras el control que ejerce sobre el país parece escurrírsele entre sus regordetes dedos, Trump necesita el amor incondicional de su guardia pretoriana rubia.

No solo los demócratas parecen encaminados al éxito en las elecciones intermedias, impulsados por una oleada de estadounidenses que ven a Trump como un delincuente que se enriquece mientras los costos suben para todos los demás, sino que el círculo íntimo del presidente se está incendiando. Los asesores se vuelven unos contra otros y se hunden en un caldero de corrupción y políticas estúpidas.

La última semana ha sido una cascada de historias bochornosas: Kimberly Guilfoyle, congelada como embajadora en Grecia después de que un donante revelara que, justo antes de su audiencia de confirmación en el Senado, ella intentó extorsionarlo para que le pagara una factura de American Express de 100 mil dólares; Ric Grenell, leal a Trump y jefe del malogrado Kennedy Center, acusado por otra leal a Trump, Alina Habba Mildon, y su nuevo esposo multimillonario, de haber malversado una donación de 5.6 millones de dólares destinada al centro, y nuestro aliado Volodymyr Zelenskyy, quien dijo sentirse traicionado por el sórdido pacto de Trump con Vladimir Putin sobre el diésel y por el acceso restringido al Starshield de Elon Musk en medio de los bombardeos rusos. Trump incluso tuvo que cancelar el plan imbécil de su jefe del Pentágono, un chico de fraternidad, de transmitir en vivo una ejecución.

En lugar de dirigir el país y lidiar con el mundo que él mismo ha incendiado, el presidente se dedica a zanjar rencillas mezquinas y una red de corrupción en su corte incompetente —y peligrosa—.

Doug Mills ha demostrado una vez más que una imagen vale más que mil palabras, o, en mi caso, mil 273.