En tiempos en que algunos artistas confinan sus opiniones sobre la realidad al ámbito de lo privado, para no incomodar o polarizar, Diego Luna reenciende el diálogo sobre las heridas que deja la migración. En su visión del cine no cabe la tibieza: hay que alzar la voz.
"No me parece que haya debate alguno al respecto (de si hay que hablar o no)", medita en entrevista. "Es mi responsabilidad, primero, como ciudadano, involucrarme, tener una opinión, informarme y salir al encuentro de aquellos que piensan como yo.
"El cine es un punto de encuentro para una reflexión colectiva. A mí me ha servido el cine para forjar la persona que soy", agrega. Hace 19 años, la estrella actoral estrenó su ópera prima como realizador, el documental J.C. Chávez, un estudio sobre el mítico boxeador, ídolo popular y orgullo nacional. Ahora, el próximo jueves 5 de noviembre lanza en salas mexicanas Ceniza en la Boca.Adaptación de la novela homónima (2022) de la escritora y socióloga Brenda Navarro, es su quinta película, una de las más reflexivas. También una confirmación de madurez: no se sabe si Luna es un actor que quiso dirigir o un director que a veces actúa.
La protagonista de la trama es Lucila (Anna Díaz). De niña, la mexicana creció con sus abuelos en la CDMX ante la ausencia de su madre, Isabel (Adriana Paz), quien los dejó a ella y su hermano para migrar y ser sostén desde España. Tras ocho años, los hijos reencuentran a su progenitora en Europa. No es suficiente. Racismo escondido y abierto, trabajos precarios y desorientación emocional son el difuso mapa por el que Lucila deambula en Madrid y Barcelona. Cruzar el Atlántico no la condujo a un paraíso hospitalario. En sus entrañas, albergará dolor por los estereotipos, resentimiento contra su mamá por haberse ido y nostalgia por el México que extraña. Luna, de 46 años, coescribió el guion incentivado por una lectura sobre esos costados del fenómeno. "¿Sabes qué es en lo único que pienso cuando me voy a involucrar en algo? Si lo vería como público. Llevo toda la vida en el cine, primero como público y después me puse a hacerlo. Pero hacer cine viene con la responsabilidad de que sea un cine que vería. Si tiene eso, le entro", explica. "Me interesaba hablar mucho de migración, también sobre los que reciben, sobre estos rechazos y violencias que los que migran tienen que enfrentar todos los días, y sobre las fracturas familiares que genera la migración. No tiene tanto que ver con mi vida, pero sí con mi vida como ciudadano, como parte de una comunidad", agrega. Luna conduce con sobriedad y soltura esta historia sobre los entresijos de la migración contemporánea y el desarraigo emocional. El largometraje se estrenó en Cannes, fue aplaudido en Sarajevo, Toronto y San Sebastián, y premiado en Roma. Su inquietud por estos temas sociales esconde, además, una resonancia biográfica. Si en Abel, su aplaudido drama de 2010, analizó sus inseguridades al convertirse en padre, aquí, a un nivel íntimo, sondea en los vacíos en su propia vida. "Esta reflexión habla sobre la ausencia materna y paterna en una joven, y me permite fantasear con la ausencia de mi madre (la diseñadora de vestuario Fiona Alexander, fallecida en 1982, a quien dedica la cinta) y hoy de mi padre (el escenógrafo Alejandro Luna, en 2022). Pero también con mi paternidad y la relación con mis hijos. "Siempre busco que lo que hago me lleve a eso. No lo puedo evitar. No encontraría otra forma de hacer esto. Es dedicarle cuatro años de mi vida a algo y tiene que ser así de importante y personal". Con Ceniza en la Boca, la cinta más femenina de su carrera, Luna expone además ideas naturalizadas, como el patriarcado. Señala, por ejemplo, el doble rasero para juzgar, generalmente para mal, a una mujer que se va para proveer a su familia, y cómo se mira a los hombres en la misma situación. "Esta película se hizo con el espíritu de hablar de la relación madre-hija, pero damos por hecho que es normal que el padre esté ausente durante toda la historia", critica. "Nunca se habla de eso, porque esa idea ya viene implícita con la idea de familia: que el padre se va a ir, que el padre no esté". En medio de las fricciones con su madre y las penurias económicas en España, a Lucila la golpeará una tragedia y volverá a México. No la espera no un refugio para su alma, sino una casa hostil que prende sus alarmas. Con más mundo, se sentirá repelida por el machismo de su abuelo militar (Guillermo Ríos) y por la forma en que su abuela (Luisa Huertas) es casi invisible. Viejos amigos le hablarán de desapariciones y experimentará una férrea inseguridad. "Esa comunidad militar que ella dejó como un adolescente era un lugar aparentemente seguro. Después regresa en un momento distinto de la historia, y ese lugar, esa burbuja, tiene grietas", dice. "Cuando era niño, cuando hablabas de migración hablabas de los que se iban. Y había un reclamo al vecino del norte por cómo recibía. Hoy hay ese reclamo aquí adentro también: ¿cómo recibimos?", observa. Luna, uno de los actores más internacionales del País, admite ser uno más de esos migrantes para quienes es irremediable volver a México. Su brújula, admite, le pide pisar su patria y contar sus historias, aunque no sean felices. "Claro, cuando hablas desde el privilegio de quienes sabemos que podemos regresar, no sólo que podemos, sino que vamos a regresar, pues obviamente lo estamos viendo desde una perspectiva que no es la de esta familia, ni la de los grandes números de la migración que se dan por gente que es expulsada de sus territorios", admite. "Pero esa sensación de idealizar el lugar que dejas atrás y confrontarte con la realidad cuando vuelves, pues es la condición del que migra. Es inevitable que pase". La cinta de Luna tiene una mirada que evade la condescendencia. Hay mucho dolor en la vida de Lucila, y el director propone, en un juego estético y narrativo, sacudir la pasividad del espectador. Cada cierto tiempo, la pantalla se funde, pero no a negro (lo habitual), sino a blanco. Es una luminosa invitación a completar la historia de los personajes, a ponerse en los zapatos del otro, a encender la empatía. "Pienso en el cine como una herramienta para emocionarnos, atender las historias de otros y, en el mejor de los casos, que eso tenga un reflejo en la nuestra. Para mí el cine es político, el cine tiene ese maravilloso filo". "No me parece que haya debate alguno al respecto (de si hay que hablar o no). Es mi responsabilidad, primero, como ciudadano, involucrarme, tener una opinión, informarme y salir al encuentro de aquellos que piensan como yo". "Cuando era niño, cuando hablabas de migración hablabas de los que se iban. Y había un reclamo al vecino del norte por cómo recibía. Hoy hay ese reclamo aquí adentro también: ¿cómo recibimos?". "Me interesaba hablar mucho de migración, también sobre los que reciben, sobre estos rechazos y violencias que los que migran tienen que enfrentar todos los días, y sobre las fracturas familiares que genera la migración".Espejismo europeo
La actriz Anna Díaz, quien irrumpe en la escena con fuerza en Ceniza en la Boca, desromantiza la migración a España y el "sueño europeo". El hablar un idioma común, opina, no equivale a una recepción más amistosa. "Creo que eso desemboca en que hayan brechas un poco más internas que sí tienen que ver con el racismo, con la discriminación, con la falta de oportunidades, con lo que te ofrece un país complejo, porque también están recibiendo a muchas personas que están ahí construyendo algo. "Siempre al llegar a un lugar donde eres nuevo, pues sí tienes que pasar por ciertos momentos en donde te van a recordar constantemente que no perteneces ahí", afirma.La culpa de migrar
Adriana Paz sabe lo que es migrar a otros países para trabajar y dejar a un hijo en casa. Aunque las decisiones se tomen siempre con el bienestar de los pequeños en la mira, la culpa permanece, reconoce. "Yo, para poder ejercer mi carrera, he hecho malabares para poder estar con él, para traerlo, para quedarme, pero nunca es suficiente. Si lo dejas: ¿por qué lo dejas? Si lo traes: ¿por qué lo traes? Nunca está bien", reflexiona. Al pensar en su personaje, Isabel, y su relación con su hija, Lucila, cree observar la falla. Aunque se fue a España para proveer, nunca lo habló, nunca lo explicó. "Lo entiendo muy personalmente, porque mi hijo tenía esa herida cuando yo me tuve que ir a trabajar a España, y él creía que yo lo había abandonado. Era chiquito, tenía 3 años, 4 años, y fuimos a terapia y hablamos. Le tuve que explicar qué era lo que había pasado".